Como el azúcar en el agua. Sé que es así, con tan solo observarla.
La siento, latido a latido, con cada exhalación, siento como se disuelve, como
el azúcar en el agua. Se disuelve entre historias y pensamientos que su mente y
su espíritu le aquejan, le remuerden y le encaran sus errores. La consumen milímetro
a milímetro. Desgarran entre la miel de su existencia, mientras sus lágrimas se
escurren por sus mejillas y pienso en ella. En este rincón de mi habitación,
siempre obscura y solitaria como el viejo teatro donde la conocí, viendo una
obra que no recuerdo, solo recuerdo ese color, su negro cabello que se confundía
con el terciopelo obscuro de su asiento. Fuerte, con una convicción casi
inquebrantable que demostró con su primer "hola" en ese frio lugar. Pero
era frágil como la tela de una araña.
Cada vez que
habló, fue como una flecha, entro en mi mente y pensamiento con tal fuerza que
no pude más que dejarle allí. Dormir con ella en mi mente. Esperando una epifanía
un poco ilusa, como si las mieles de un destino infructuoso, estúpido e
incluso, infecto. Hoy la siento derramar sus lágrimas, fundirse entre la melancolía
y el delirio de algo que perdió y ahora anhela.
Una historia
labrada entre llanto y lujuria. De un cuarto de motel barato, ron y cigarrillos
mentolados. Ojos fundidos, de dos queriendo fundirse en uno. Sexos amorosos y
palabras hirientes que emanan sensualidad. Así fue la historia de aquella
chica, ella, la que se desvanece mirando por la ventana de una triste habitación,
una cama y una puerta, que solo mira, atiborrando su mente de fantasías donde
le ve llegar, donde la sostiene mientras la besa, donde ella muerde sus labios
esperando ver esa lagrima de pasión que se escurre por las mejillas de su
hombre. El la desviste y la hace suya en su habitación. Pero son fantasías de
un pasado que ella tuvo y dejo pasar. Ahora fuma, por primera vez en su vida
mientras llora de forma casi estática, como una estatua mártir de un presente
sin rumbo. De una vida penando por lo que desecho.
La imagino bien,
quemando tabaco como yo lo hago, en este momento mientras abro otra cajetilla.
Como si nos juzgáramos. Ella llorando por su amado, yo endureciendo mi vida, llenándola
poco a poco del concreto de la indiferencia. Pero es imposible. Aparento mas no
lo siento. Sé que sufre, llora y se deprime en el fondo de su corazón, solloza
en la soledad de su cuarto mientras intenta sentir las caricias que nunca mas sentirá.
Lo sé hermana, yo también lo sentí. Porque así como ahora me pierdes, yo también
te perdí alguna vez, solo que tu deseaste volver, yo en mi caso, no estoy tan
seguro de regresar.
Corriste tras
otros brazos, más de una vez. Confundiste el amor con pasión sensual y cuando
empezaste a sentirlo volviste a escapar, por miedo tal vez. Fue tu error. Una
vez no es permiso de repetición. Te conozco, tu cuerpo, tu alma. Sé que no
mientes ante el dolor. Yo tampoco pude hacerlo.
Ahora ves tú
error, pero el tiempo no perdona, un corazón herido tampoco. El matiné se ve
solo sin ti, pero no es el fin de la historia. La noche ya no es ardiente, pero
el tiempo corre. El único tesoro que tal vez nunca descubra sean tus ojos, aquellos
que gritaban en el silencio y besaban en la quietud de una foto en la
distancia.
Hoy te disuelves
en tu agua, melancólica y triste como un atardecer con la lluvia de la ciudad.
Porque eres azúcar, de la más dulce jamás probada, exquisita y cruel. Jamás serás
amarga, la melaza de tu piel no se desvanecerá, pero fue el error que hoy
admites y por el que hoy lloras y temes, que convirtió a tu otro ser en sal.
Opuestos. Ying y yang, juntos por un motivo, separados por el hedor de una traición.
Hoy tú te desvaneces en la niebla de tus deseos, delirios y pesares. Una
historia, un amor. Agua y azúcar. Le amo pero duele. Temor y decepción. El
olvido no es completo, la distancia es el reflejo de una libertad efímera, que tal
vez, planeo cumplir.

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