Su cielo raso está manchado- Le dije al doctor mientras repasaba
en su libreta nuestras últimas sesiones.
- Sinceramente no
lo había notado, y pasó casi todo mi día aquí-
-Debería prestarle atención,
puede ser humedad o algo más raro- le
Dije mirándolo a los ojos como si fuera un conocedor en
el tema, o incluso mejor dicho un charlatán.
-Bueno Jorge, ¿ya
cuantos días van?- dijo el estúpido como si lo mío fuera un
simple dolor de cabeza.
- nueve, doctor -
les respondí sentado en lo único que me agradaba de
su parco y simplón consultorio, ese sillón de
cuero marrón, podría ser sintético pero no era el material lo
que me gustaba, era la firmeza de su relleno, lo duro que es para uno
sentarse. Lo sé, no es común que a una persona le guste un mueble con
cojines duros, pero yo por el contrario los amaba, solo por el hecho de que me hacía
sentir rígido en el mundo, no solo una masa escuálida como
Estoy acostumbrado a ser. Pues bien, retomando mi coaptado
encuentro con este loquero de cuarta, podrá tener 3 diplomas en la pared pero
de persona tiene tres grapas igual de filosas a su trato con los pacientes. Es
el insomnio, ese maldito malestar que te evoca un sinfín de dolores emocionales,
mi estomago ardía de la ira y la impotencia de no poder descansar si quiera un
minuto.
- Créame doctor,
esta porquería me está matando- le digo al estúpido haber si entiende mi
desespero.
- ¿siguió tomando
el medicamento?- me respondió ese remedo de psicólogo, como si tuviera aires de
Europa y no ha salido mas allá de las montañas de Boyacá, maldito perdedor.
-Si, hace un mes
si me estaban haciendo efecto, pero de un tiempo para acá esa vaina no me sirve
y no me atrevo a aumentar la dosis, no quiero terminar en el baño de mi casa,
con espuma en la boca y sin pulso como cualquier adicto que se jodio con una
sobredosis- le conteste ahora con mas desesperación, combinando mi insomnio con
la tan dócil voz de ese supuesto medico, me exasperaba al máximo, ya no podría
casi ni pensar. La vida es un asco, lo es, y sin sueño que conciliar, lo es
mucho más. Ya mis nervios estaban en el punto en que no soportaban una sola
cosa, una explosión de adrenalina refundida en ira se acercaba y no sería yo el
culpable de que terminara haciéndose efectiva.
- ¿Que efectos ha notado con estos nueve días?-
- Usted no se imagina doctor, ya no sé qué es lo que hago, son
cosas que no me explico, tengo en un momento algo en la mano y al otro
desaparece, pareciera que fueran sueños interrumpidos, o fantasías. También veo
cosas, creo que son pesadillas mezcladas con la realidad. No lo sé.-
- ¿Que cosas?-
Que cosas. Como si le pudiera responder eso a este pusilánime. Si
supiera que estas pesadillas en vivo han terminado por gustarme, se estremecería.
Imágenes de dedos que salen a volar al contacto con ventiladores, risas que se
mezclan con gritos de dolor y miedo. Hombres que caminan sin ver sus pies, por
que los ha cercenado el miedo, los tiene colgados en sus manos como si fueran pares
de zapatos amarrados con sus cordones. No quiero saber como están amarrados
esos pies, aunque me causa una curiosidad casi digna de un niño que divisa un
juguete nuevo, tal vez un dulce que le es provocativo. Si le dijera a ese
doctor que veo personas que no son reales hablarme, contarme sus historias, sus
muertes, mostrándome sus cicatrices y demás delicias como ellos mismos me han
llegado a decir. Son víctimas. Personas perecidas bajo el nombre de la pasión
humana. Si. Ese sentimiento de energía momentánea que tanto nos arroja las
luchas mas descarnadas con nuestros pares, como nos arroja a hacerle el amor a
una mujer con tanta fuerza que no podemos evitar las llagas en las caderas.
Adoro la pasión. Escribo con ella, me sumerge y me inspira. Ella es la que me
indica que me gusta, me gusta ver esas personas inexistentes mostrarme sus
heridas, tocar sus carnes llenas de rojo sangre y deleitarme. Estos son los
personajes de mis escritos, redacto para el miedo, tratando de huir de mi
propio temor. La monotonía.
- No doctor, no le diré-
Ni loco que me tenga el insomnio le narrare mis fantasías
descarnadas, puede olvidarse de ello.
- Me preocupa su condición, le voy a recetar algo más fuerte haber
si puede dormir. Me gusta eso de que no le guste auto medicarse, es muy
peligroso-
Pobre idiota, cree
que no lo sé aun cuando se lo he dicho. Ahora el imbécil esta volteándose hacia
su escritorio, de esos que tienen mesa de vidrio. Tomo su recetario y empezó a
escribir. Como todos los médicos, desde los pediatras hasta los psiquiatras,
con una letra repulsiva que solo entienden ellos y el farmacéutico. Hay algo en
ese escritorio que me llama mucho la atención.
- Bonito abre cartas doctor, ¿es de plata?-
- oh, si, lo es - dijo esta vez mirándolo un segundo antes de volverse
sobre su libreta. No puedo evitar sentirme algo curioso ante ese objeto. De
seguro es filoso y de hecho muy llamativo, tiene una decoración especial, en
relieve tiene el símbolo de la medicina con la serpiente. Como si este supuesto
medico salvara vidas. Pero lo que más me desconcierta es que un psicólogo que
se enfrenta día con día con personas con traumas y perturbaciones tan graves,
tenga en su consultorio ese objeto con el que fácilmente le podrían hacer daño.
Provocar dolor, mi viejo amigo, el dolor.
- Mire aquí dice el nombre del medicamento, tómelo una hora antes
de acostarse con mucha agua. No lo olvide-
- Tranquilo doctor, no lo olvidare. Así como no olvidare su cara-
- ¿mi cara?- pregunto el incrédulo medicucho. Con una expresión de
sorpresa en el momento. Claro, después su expresión cambio, no supe determinar
si era sorpresa o dolor cuando su preciado abre cartas ya estaba fusionado con
su cuerpo. Mas específicamente con su garganta, así lo hice para que no pudiera
emitir sonido alguno. Y mientras le tomaba de las manos para que no pudiera
cubrirse o arrojar algo al piso, lo fui dejando caer sobre su sofá que tanto me
encantaba.
- Apuesto a que era un regalo de grado. Admito que es un muy
hermoso artefacto y es irónico que en este momento ese símbolo de la medicina
que acostumbra a salvar vidas, le este perforando la garganta ¿no cree? ¡Ay
doctor! como es de imbécil usted. Solo a usted se le ocurre dejar cerca de un
desequilibrado como yo una cuchilla como esa. Pero no se preocupe, le aseguro
que usted tendrá legado, va a ser el personaje de mi próxima historia. El psicólogo
incompetente-
Y mientras veía
como se desvanecía la vida de los ojos grises del doctor, mientras la sangre se
escurría gota a gota por cada centímetro de su cuello, me di cuenta. Cada
imagen que veía era yo mismo. Cada pesadilla que me excitaba y entumecía el
palpitar de mi corazón era protagonizada por mí. ¡Que maravilla!, soy mi propio
héroe. Sé que tengo sangre mezclada con agua corriendo por mi cuerpo, tan insípida
y aburrida que debo buscar la verdadera sangre de quienes no se la merecen para
robármela.
Esa noche dormí
como un bebe y para cuando desperté en la mañana ya estaba en las noticias
locales de la radio que uno de los más reconocidos psicólogos de la capital había
sido asesinado en su consultorio, su cuerpo se había encontrado completamente
seco y junto a su cadáver se encontró un vaso al parecer untado de lo que parecía
ser su sangre y saliva de su agresor. Sé que me atraparan, no huiré, no soy
idiota. Igual aun disfruto el éxtasis del momento. Esperare por ellos aquí en
mi puerta mientras termino de escribir mi historia del querido doctor que fue
asesinado por el autor de ese cuento. Mi obra maestra, mi autobiografía.